lunes, 3 de julio de 2006

Quicio bélico

Como si aquella primera maldición gitana que lanzaba mamá se viera cumplida de repente. Quedarse tonto de un mal golpe. Como si en plena calle, me hubiera girado sin mucho plan y me hubieran estampado de bruces un puñetazo desconsiderado, y siguiera ahora en estado catatónico, tambaleándome, con la boca torcida y sonriendo medio tontita. Aunque el resultado es parecido, en realidad se trata, como todo fuera de la lírica, simplemente de una muela. Me está saliendo la del juicio, dicen.

No es una gran noticia, porque en verdad me cae viejo el titular, anunciado a finales de los 90. Así que hace muchos, muchos años, que todos sabíamos que esto pasaría. Sufrí dos años de ortodoncia y la extirpación de 4 maxilares –la terminología resuena en mí aún, tantas horas de camilla y olor anastesiante-, todo ello con la esperanza de conseguir abrir un resquicio en mi densa cavidad bucal y crear un huequito para cuando llegaran los retoños, las cuatro muelitas asomantes. Dos años.

Pues bien, ha llego el gran día y parece que o mi boca sigue siendo pequeña –cosa improbable, si atendemos todos los indicios- o que mis dientes son, como ya eran, excesivamente grandes. Así que el dolor empezó a expandirse ayer, domingo, mediodía hora local, y como una pesada masa cementera ha ido calando mis resquicios molares sin piedad. Una mujer de piel jabonosa y bata blanca me observó la boca esta mañana. Extirpación, dice. Pero antes, desinfección. Me quedo algo –más- atontada. La enfermedad es algo que sólo puede obsesionarme, sea cual sea su magnitud. Cualquier transformación me absorbe, y ahora que tengo un diagnóstico, puedo darme libremente a la visualización.

Hay quienes creen que esta manía mía por la claridad es a veces enfermiza. Tienen razón, pero de verdad que creo que no hace mal a nadie y a mí me tira horrores. Aunque lo de claridad suena demasiado bonito; posiblemente fuera más exacto hablar de cierta morbosidad en cuestiones de dolores cotidianos. ¿Qué intento decir con esto? Pues que me es imposible no hacer –y disfrutar como una enana haciendo- una descripción como la que sigue:

Está situado, si tomamos mi conciencia visual como punto de referencia, al sur-oeste. Es decir, en los bajos de mi paladar, en la última posición de la cola dental, a la derecha de la madre lengua, casi rozando la campanilla. Es un lugar rosado oscuro, aunque estos días empieza a tomar tonos extraños, del bermellón cuando está en erupción al color bistec crudo que toma después de algunos enjuagues con todo tipo de remedios de la abuela. Lo que antaño fue una encía suave y lisa, hoy presenta una superficie irregular, montañosa, burbujeante. El maldito molar aguijonea desde el fondo, está clavándose en la piel, pugnando por asomar diente, cuando mi encía lo que intenta, por naturaleza, es permanecer quietecita e inamovible allí donde se encuentra. Suena grandilocuente hablar de lucha interna, pero ésta sí lo es, literalmente. Dos entidades que me pertenecen y constituyen, ambas dos yo, tienen voluntades incoherentes, y lo que es aún peor para mí y para mi paz: tienen existencias incoherentes. La zarza nerviosa que circula por debajo de mi dentadura ha sido ya tocada por tanta lucha, y el dolor se hunde y se enraíza más allá de la mandíbula. Si intento estirar el cuello para mirar cielos, puedo sentir la batalla en carne viva. El azar y sus caprichos ha querido que este escenario coincidiera con una inflamación de anginas, debida, posiblemente, a una infección fruto del abuso de ibuprofeno. No me acuséis: si vuestros ovarios zapatearan como los míos en días pre-menstruales también vosotros abusaríais de ciertas químicas.

Si de mi hubiera dependido la decisión, la batalla tendría que haberse resuelto justamente. A mí me es imposible decantarme por uno de los bandos. Pero mi dentista ha intervenido, y cuál ONU conciliadora, se ha puesto resueltamente del lado de la paz, que en este caso pasa por la destrucción de las dos fuerzas enfrentadas. Primero, destrucción de la encía para lograr un enfrentamiento directo con el diente. Segundo, extirpación. Y yo aquí ando, con cara de tonta andando por los metros, centrada en la rabia extraña que produce el dolor y que me hace pensar en cosas como clavar las uñas en los resquicios de las paredes del metro para abrirlas a los lados y dejar correr el aire. Escuchando a Calamaro en los transbordos. Flaca. No me claves. Tus puñales.

3 comentarios:

Merlín dijo...

Dos comentarios, dos. Primero: queda probado una vez más que sufrimiento real y buen hacer literario van de la mano. Ahí va el otro: que los problemas con la dentadura son especialmente obsesivos, quizá porque la cabidad bucal es una de las escasas entrañas nuestras que alcanzamos a ver, pero a pesar de eso, tampoco entendemos. No en vano dientes y sicoanálisis van de la mano. Ánimo. Ça passera, geçmis olsun. Los dolores de dentición son mortificantes, pero ética y estéticamente dignos.

Marisol Vicedo dijo...

Judit!!! para que veas que he visto tu nuevo blog... te seguiré leyendo!!!

Anónimo dijo...

dificil emitir juicio moral entre los dos contendientes. ¿Quien tendria "mas" derecho a existir? ¿Conservar el Statu Quo anterior, respetar los derechos tb del nouvingut o cederle el espacio a algo mas util? En cualquier caso, tu como ente dominante tienes la ultima palabra, aunque tb hay q considerar q ese "tu" fisico se va renovando mas o menos cada tres mesesy por lo tant la encia q hay ahora realmente no es la q estaba antes... Buenu, solo cosas q me pasan por la cabeza demasiado de mañan sin cafe y en mitad de la oficina. Cuando mi cabeza mantenga algo de coherencia ya pondre algo mas