martes, 10 de abril de 2007

Anestesiados ante la belleza

Una noticia pescada de la red ha entristecido un poco más esta mañana de abril, más gris de lo que debiera.

Viernes, 12 de enero. Joshua Bell, considerado el mejor violinista del mundo, está de pie en el hall de la estación de L’Enfant, metro de Nueva York. Nada le identifica, salvo, quizás, su stradivarius de 1713, pieza única en el mundo. Es hora punta y el metro está a rebosar. Bell empieza a tocar .

Su Gibson ex Huberman suena en las tripas del sucio metro neoyorquino durante 43 minutos. Unos mil transeúntes debieron pasar a su lado mientras la pieza sonaba. Apenas 30 euros recaudados. Nadie se detuvo cristalizado por la música. No hubo corrillos, no hubo aplausos.

Bell, que estaba allí invitado por The Washington Post en un experimento sobre nuestra sensibilidad a la belleza, declaró: “Era una sensación extraña, la gente me estaba... ignorando. Por otra parte me sentía extrañamente agradecido cuando alguien me tiraba a la funda del violín unos centavos”

Estamos mal presurizados.

2 comentarios:

Duna de sal dijo...

qué extraño experimento... tan necesaria y tan inusual...
(sorry por la insistencia de este mediodía, es que estoy de los nervios planificando) ergo, insensible a la lentitud de lo bien hecho...

Carlos Leiro dijo...

Es que el habito hace al monje.

Y es así la mas de las veces.

Lei tambien la noticia.