domingo, 6 de abril de 2008

Springtime

Esta semana llegó a mi mundo la primavera.

La libertad de cogerse un miércoles de vacaciones (¡me quedan tantos!), de alquilar-pagar-recoger-conducir un opel corsa dorado chillón y salir de Barcelona con una ruta escrita a lápiz sobre un sobre del banco, cruzar el condado y pasear al sol y al viento, sacar fotos que se parezcan a los cuadros de mondrian, intentar entender a milkycris, imaginar tormentas de arena dolientes en el desierto, comer crepes de chocolate en la escala y ser feliz, vivir la angustia del temor a la estafa y el suspiro de la no estafa, volver tarde, hablar de nuestro podcast no nato, rajar de los clásicos, entrar por esa endiablada rampa a la primera pese a no ver un pimiento.

Que llegue el viernes y poder comer con los de antes, de nuevo, que estén iguales, reconocernos, reír, volver de nuevo sobre los clásicos, sobre lo privado y los cambios de las cosas, indignarse a la índia y vengarse inútilmente a la catalana, comer cinco toneladas de sushi, recibir bitácoras, quedar, abrazarse, perderse en dos manzanas del eixample, subir casanovas dando gas, gas, gas, y el viento. Finiquitar actas normal de bien de doce páginas, tomar fotos de ä con pucheritos, escandalizarse en silencio de esta vida de empresa privada, correr sobre el parquet, saltar, contar en español con acento chino, abrise en flor de loto, sentir la sangre, salir ligera, volver con la familia y caer exhausta al fin sobre la cama.

Que sea sábado y amanecer tarde y radiante, reencontrar a L y no perderla de vista en el retrovisor camino al mar, encontrar perros risueños y niños juguetones en los semáforos que te miran, se ríen y se esonden (los perros y los niños), escuchar su voz de siempre en el nuevo escenario de la playa, saber que está radiante, que todo tiene su tiempo, los chiquillos saltando sobre la platagorma improvisada y la conciencia del cuerpo, la infinita tranquilidad del propio cuerpo, el palestino, los pies descalzos, los planes de montañana, sabernos juntas, adultas y capaces.

Amanecer en domingo y armarse con lo justo, salir a la calle, pisar con suela plana, caminar ligera por avenidas periféricas, detenerse en las obras junto a los mayores, atender los cambios, sentir el sol, ir dejando prendas atrás de poco en poco. Detenerse un instante a bajar los calcetines, ajustarlos a los tobillos, seguir andando, sentir la piel que reacciona con su química a esta luz que nos es de todos, el pelo que secándose pierde gravedad y gana laberintos sin que importe. Seguir, seguir andando, más allá del nuevo puente, pedir llaves en gasolineras, no querer entrar en cementerios, hacer cola para comprar la pensa dónde todos se conocen. Mantener el filtro violáceo de los cristales, leer a McCain, pasar por allí de nuevo, entender el tiempo, serenarse, dejar que el ipod transforme el mundo.

Volver con hambre.

2 comentarios:

Milk dijo...

Tia! Te comenté ayer!

¿Dónde está mi comentario?

Duna de sal dijo...

¡Qué lindo post!
Viva la primavera, dulce revitalización, gran consuelo en estos días extraños...